Mi relación de amor/odio con la psicología

A lo largo de mi camino para convertirme en psicóloga clínica me desanimé en varias ocasiones de la psicología.

Cuando estaba adolescente fui remitida por el colegio al que asistía donde una psicóloga. Aunque no llegué a comprender la raíz de mi dolor y tengo muchas críticas a su trabajo, tuve la motivación para seguir, como un respiro, y me ayudó a mantenerme con vida.

Ahora, con mi experiencia como psicoterapeuta clínica, sé que esta psicóloga cometía el error de creer de manera ciega en la teoría y no reconocer mi propio conocimiento sobre mi misma y mi situación por encima de las técnicas o ideas que tenía sobre mi dolor; me “impuso” su interpretación de mis dolores desestimando lo que yo creía de lo que me ocurría. Como resultado, aunque con un poco de alivio, terminé ese proceso desempoderada y dudando de mis percepciones. Así aprendí que la teoría no sirve de nada si no se aplica con compasión y perspectiva crítica.

Después, asistí donde otrxs psicólogxs con diferentes enfoques y estilos. Sin embargo, fue decepcionante encontrarme con que la mayoría de lxs psicólogxs, a lxs que tuve la oportunidad de asistir, estaban desinformadxs en trauma lo cual hizo que no reconocieran las señales de trauma presentes en mi caso y me diagnosticaran equivocadamente, revictimizándome al culparme a mí y no al victimario.

De todas formas, estas experiencias me trajeron aprendizajes importantes sobre mí misma y sobre la profesión.

Durante mi carrera, tanto de pregrado como de posgrado, la mayor parte del tiempo odiaba la psicología. Me costaba identificarme con la mayoría de teorías psicológicas por su descripción del ser humano tan distinta a mi experiencia de vida, me parecía que el DSM (“Manual Diagnóstico y Estadístico de los trastornos mentales”) era muy inhumano en su descripción; no comprendía algunas teorías que plantean a los  seres humanos como seres terminados que se pueden medir y encasillar; me dolía la falta de respeto y honor al dolor y sufrimiento humano; me sorprendía el tono moralista de muchas perspectivas psicológicas y la superficialidad.

Apenas habían unas teorías, comúnmente desvalorizadas, con las que sentía que resonaba.  Pero, aún con estas dificultades, intuía a partir de mi propia experiencia que dedicar un espacio a analizar lo que uno siente, piensa, intuye y cómo enfrenta sus procesos en la vida, es mágico, y tiene el potencial de hacer cambios necesarios y sanar.

Ahora comprendo los componentes que me dificultaban y dificultan todavía el entender y resonar son esas teorías, uno de estos componentes es que la psicología que se enseña más comúnmente es una psicología blanca, primer mundista, basada en el estudio de personas y culturas europeas blancas. Teorías psicológicas construidas  en su mayoría por hombres, de clase media-alta, Europeos o anglosajones blancos, influenciados por una cultura machista, racista, colonialista, capacitista, cisgénero, elitista, heterosexual y fría. Una psicología que divide el cuerpo, el corazón y la mente y que solo plantea una manera de ver la realidad.

Y son ese tipo de teorías las que más se han instaurado y que tienen mayor renombre y prestigio en la academia mientras que otro tipo teorías y autores que hablan desde otra realidad del mundo, femenina, racializadx, oprimidx, pobre, colonizadx, cálidx, diversx, son silenciadxs, invalidadxs y/o cuestionadxs.

Por lo cual muchas veces quienes no pertenecemos a las primeras categorías mencionadas, no nos vemos reflejadxs con este tipo de teorías e incluso nos llegamos a sentir victimizadxs por terapeutas que quieren imponer esta visión cuando es diferente a nuestra experiencia de vida.

A pesar de mi incomodidad con esto, me mantuve en mi propósito de terminar la carrera con la esperanza de ejercerla de una manera distinta, menos fría, más amorosa, más respetuosa con los procesos humanos, más profunda; aferrada a esta intuición pude continuar y completarla.

Más adelante pude confirmar que esa intuición era real y que la psicología y en especial el espacio terapéutico, la relación entre paciente-terapeuta tiene el potencial de ser muy sanadora si se construye con respeto por ambas personas, dignidad y reconociendo la sabiduría que cada persona trae consigo misma.

“La alianza entre paciente y terapeuta se desarrolla a través de un trabajo compartido. El trabajo de terapia es una labor de amor y compromiso colaborativo. Aunque la alianza terapéutica toma parte en las costumbres de las negociaciones contractuales cotidianas, no es un simple acuerdo comercial. Y aunque evoca todas las pasiones del apego humano, no es un relación amorosa o una relación padre-hijo. Es una relación de compromiso existencial, en la que ambos se comprometen en la tarea de la recuperación” (Judith Herman)

A diario, tengo la fortuna de experimentar con mis pacientes como ese espacio que construimos entre lxs dxs paciente-terapeuta, es un lugar de conexión que permite sanar, encontrar herramientas para ser más libres, más felices, más autenticxs.

Recuperar mi fé en la psicología ha incluido escuchar e investigar esos autores y esas perspectivas silenciadas y cuestionar las teorías constantemente, poniendo por encima la experiencia de lxs pacientes. Ver los resultados que se obtienen a partir de una terapia más humana, que se adapta a la realidad de lxs pacientes, menos elitista, que reconoce la humanidad del terapeuta y la sabiduría y conocimiento sobre sí mismx del paciente me hace creer totalmente en mi trabajo y en el potencial de la psicología.

Muchxs llegan a la consulta habiendo vivido experiencias parecidas a la mía, con desconfianza y a la vez esperanza de que en esta oportunidad yo como profesional les brinde el respeto, la dignidad y las herramientas que necesitan para sanar o crecer. Yo comprendo esa sensación y me esfuerzo por replantear la mirada y la construcción de la terapia como un espacio donde todxs quienes hacen parte del proceso tienen un lugar fundamental.

Así que ahora, estoy comprometida a hacer otro tipo de psicología, amorosa, respetuosa, femenina, racializada, no adultista, diversa, abierta, humana. Es un trabajo constante que amo y agradezco, es una construcción colectiva en la que desde mi trabajo procuro aportar al cambio que necesita urgentemente el mundo.

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